Sam Altman terminó su testimonio el martes en el juicio federal Musk v. Altman, celebrado en Oakland, California. Durante aproximadamente cuatro horas, el CEO de OpenAI respondió preguntas sobre la fundación de la compañía, su relación con Elon Musk y los turbulentos días de 2023 en que fue brevemente destituido de su cargo.
«Había volcado los últimos años de mi vida en esto», declaró Altman sobre su remoción. «Veía cómo estaba a punto de destruirse.»
El núcleo del litigio es concreto: Musk, cofundador de OpenAI junto a Altman y Greg Brockman en 2015, demandó a la compañía en 2024 alegando que se incumplió el compromiso de mantenerla como organización sin fines de lucro dedicada a una misión benéfica. Según Musk, los aproximadamente 38 millones de dólares que donó fueron utilizados con fines comerciales no autorizados. Desde el estrado, Altman fue categórico: no realizó ningún compromiso con Musk sobre la estructura corporativa de OpenAI.
El contraste de temperamentos entre ambos protagonistas fue notable. Musk, quien testificó durante la primera semana del juicio, chocó abiertamente con el abogado de OpenAI, William Savitt, elevando la voz en varias ocasiones y acusándolo de formular preguntas engañosas. Altman, en cambio, se mostró sereno —aunque visiblemente nervioso al inicio del contrainterrogatorio—, habló en voz baja y tomó largas pausas antes de responder.
El abogado de Musk, Steven Molo, intentó construir una imagen de Altman como alguien poco confiable. Citó un mensaje de texto enviado por Altman a Musk el 18 de febrero de 2023 —«Estoy tremendamente agradecido por todo lo que has hecho para ayudar. No creo que OpenAI hubiera existido sin ti»— y preguntó si el CEO acostumbra decir lo que la gente quiere escuchar en lugar de la verdad. «No, tengo sentimientos complicados sobre Elon», respondió Altman, antes de ser interrumpido por Molo. El abogado también aludió a un artículo de The New Yorker cuyo título preguntaba si Altman puede ser de fiar.
Sobre la salida de Musk de la junta directiva de OpenAI en 2018, Altman declaró que representó un «impulso moral» para parte del equipo, y añadió que el estilo de gestión de Musk «desmotivaba» a algunos investigadores. «No creo que el señor Musk supiera cómo dirigir un buen laboratorio de investigación», afirmó.
En materia financiera, Altman confirmó que Amazon, Nvidia y SoftBank invirtieron individualmente más en OpenAI que Microsoft. En febrero, la compañía anunció 110 mil millones de dólares en nueva financiación con una valoración pre-dinero de 730 mil millones de dólares; ese rondón incluye 50 mil millones de Amazon, 30 mil millones de Nvidia y 30 mil millones de SoftBank, frente a los 13 mil millones de Microsoft. «Aproximadamente 2,5 veces más grande», precisó Altman al comparar la inversión de SoftBank con la de Microsoft.
Tras Altman, testificó Zico Kolter, miembro de la junta de la Fundación OpenAI y presidente de su Comité de Seguridad. Kolter señaló que ha participado en dos instancias en que se solicitó formalmente retrasar el lanzamiento de un modelo.
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Conviene mirar los incentivos. Lo que está en disputa no es solo una promesa incumplida entre dos emprendedores: es el control sobre una plataforma valorada en 730 mil millones de dólares que moldea mercados, empleos y política pública global. Que Musk haya donado 38 millones de dólares y reclame hoy una misión benéfica traicionada, mientras compite directamente con OpenAI a través de su propia empresa de inteligencia artificial, complica cualquier lectura puramente altruista de su demanda. El dato importa más que el ruido: la estructura corporativa de OpenAI evolucionó porque el capital —no la filantropía— es el combustible que sostiene la carrera por la IA. El jurado deberá decidir si esa evolución fue una traición o una necesidad. El mercado ya emitió su veredicto: los inversores apostaron 110 mil millones de dólares a que fue lo segundo.



