El hallazgo proviene de un lugar poco probable: trece muestras de hueso extraídas de un yacimiento arqueológico en Camarones, en el norte de Chile. El genetista Nakagome, del Trinity College de Dublín, y sus colegas analizaron ese material y encontraron evidencia de dos infecciones de viruela en un hombre y una mujer que, según los cálculos, murieron entre 1492 y 1631.
La investigación, publicada en la revista Science, constituye la primera evidencia documentada de la enfermedad en esa zona de América del Sur. Aunque los historiadores llevan siglos sosteniendo que la viruela llegó al continente con los colonizadores europeos, hasta ahora no existía prueba genética directa en esa región.
Patricia Foster, bióloga de la Universidad de Indiana que no participó en el estudio, declaró a The Associated Press que los hallazgos aportan confirmación genética de algo que los historiadores ya daban por sentado. La viruela mató aproximadamente a un tercio de los infectados y dejó cicatrices permanentes en muchos supervivientes. Su impacto sobre las poblaciones nativas tras el contacto europeo fue devastador.
Lo que la investigación no resuelve es el mecanismo de propagación. Los investigadores apuntan dos rutas posibles: la primera, que el virus viajó a través de las redes de comercio indígenas ya establecidas antes de la conquista; la segunda, que se diseminó desde África en el contexto de la expansión del comercio de esclavos. Ambas hipótesis permanecen abiertas.
La viruela fue erradicada en 1980 y ya no circula de forma natural. Fue, durante siglos, una de las enfermedades más letales de la historia humana.
El dato importa más que el ruido. Este tipo de investigación —paciente, basada en evidencia material, publicada con revisión de pares— es exactamente el instrumento que permite separar el conocimiento verificable de la especulación histórica. El registro genético no tiene agenda: simplemente confirma o refuta.
Conviene mirar los incentivos que rodean el debate sobre el origen de las grandes epidemias coloniales. Durante décadas, la discusión ha estado cargada de implicaciones políticas sobre responsabilidad histórica. La ciencia, en cambio, ofrece algo más útil: precisión. Saber cuándo llegó el virus, por qué ruta y con qué velocidad no borra el sufrimiento de las poblaciones afectadas, pero sí permite entender mejor cómo las enfermedades infecciosas explotan las redes de contacto humano, lección que el siglo XXI no debería ignorar.



